Suspiros comestibles

Mi primer contacto con el suspiro limeño fue gracias a un helado del mismo nombre. No podía concebir tantas texturas diferentes en una tarrina, y desde entonces quedé prendada de este postre. Como cuando uno escucha una canción y no sabe que es un cover, no fue sino mucho después que tuve ocasión de probar el original, ante mi sorpresa debida a mi ignorancia de antecedentes. Descubro así, que el suspiro limeño, al igual que el cebiche, es de abuelos árabes. Su componente principal, el manjar blanco (leche, azúcar, yema de huevo y esencia de vainilla), fue introducido en tiempos de la colonia por los españoles, a su vez influidos por la cultura árabe-marroquí. Además contiene merengue, que le da un toque crujientito y espumoso. Lo cursi del nombre lo inventó la esposa del poeta José Gálvez Barrenechea, una tal Amparo Ayarez, que afirmaba del postre que “es suave y dulce como el suspiro de una mujer”.

Está claro que no es un postre para repetir por lo empalagoso, pero sin embargo es sin duda alguna el perfecto suspiro final de una cena agonizante.